El adiós que no queríamos que llegara

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¿Recuerdan el primer partido de fútbol que vieron?

Hay momentos que quienes seguimos este deporte jamás olvidamos: la primera vez que entramos en un estadio, el primer partido que vimos por televisión o aquella jugada que quedó grabada para siempre en nuestra memoria.

Yo tengo recuerdos vagos del primer partido que vi. No recuerdo cuántas pulgadas tenía aquel televisor, si era en blanco y negro o a color. Solo recuerdo que era un aparato analógico y que estaba en la sala de mi casa, en pleno centro-sur de Guayaquil.

Allí, en 1986, fui testigo de uno de los mejores goles en la historia de los mundiales.

Diego Armando Maradona tomó la pelota y avanzó hacia el arco inglés. Dejó atrás no a uno ni a dos, sino a cinco rivales, antes de marcar el 2-1 en los cuartos de final del Mundial de México. Lo hizo en el estadio Azteca, ese escenario que ha tenido el privilegio de ver jugar y consagrarse a dos de los mejores futbolistas de todos los tiempos: Pelé y Maradona.

Cuando somos niños, el fútbol vive en aquello que queda grabado en nuestra retina. En ese instante casi imperceptible en el que miramos una jugada y pensamos:

«Este no es de este planeta».

Casi cuarenta años después, aquel recuerdo pareció trasladarse en el espacio y en el tiempo hasta la final de Qatar 2022. Allí, mi sobrino, con apenas cuatro años, vivió una emoción parecida a la que yo había experimentado en 1986.

Yo tuve a Maradona. Él tuvo a Messi.

Ahora, Lionel Messi ha anunciado su retiro de la selección argentina mediante una nostálgica carta de despedida. Las redes sociales se llenaron inmediatamente de mensajes. Instagram parecía haber colapsado: intenté dejar mi comentario unas tres veces y, entre los miles de mensajes que no dejaban de aparecer, ni siquiera pude comprobar si llegó a publicarse.

Sentí una profunda tristeza, porque probablemente pasará mucho tiempo antes de que volvamos a ver a un jugador capaz de hacer cosas inexplicables dentro de una cancha. Uno de esos jugadores que nos obligan a repetir una jugada, retroceder el video y preguntarnos una y otra vez:

«¿Cómo lo hizo?».

Cuando Maradona se retiró, no lo hizo de la mejor manera. Los escándalos fueron deteriorando su salud y su imagen pública. Sin embargo, eso nunca borró lo que representó para mí como futbolista. Nunca dudé en formar parte, aunque fuera simbólicamente, de aquella Iglesia maradoniana creada para venerar a un dios imperfecto del fútbol.

Pero ¿cómo le explicas ahora a un niño de ocho años que su ídolo ya no volverá a vestir la camiseta de su selección?

¿Cómo le explicas que ese jugador al que vio levantar la Copa del Mundo, aquel con quien sueña jugar y cuyas jugadas intenta imitar, ha decidido que ha llegado el momento de decir adiós?

Mi sobrino ya tiene más conciencia para analizar un partido, recordar anécdotas y emocionarse cada vez que se imagina jugando junto a su ídolo. Por eso, esta despedida también le pertenece.

El legado que Messi deja a estas generaciones es incalculable. Serán estos niños quienes algún día les dirán a los suyos: «Yo vi jugar a Messi», de la misma manera en que nuestros abuelos, nuestros padres y nosotros hablamos de Pelé, Maradona, Garrincha y tantos otros nombres que hicieron eterno este deporte.

Somos afortunados de haber coincidido con él en el tiempo y de haber visto en qué fue capaz de convertir el juego.

Mi sobrino tuvo además la fortuna de crecer admirando a un futbolista alejado de los grandes escándalos que suelen rodear a tantas celebridades. Aunque quizá los genios nunca tengan una vida completamente normal. Tal vez por eso son genios. Tal vez por eso se vuelven inmortales.

Este es el adiós que muchos no queríamos que llegara. Ese momento en el que incluso un genio debe reconocer: «Hasta aquí. Ya no puedo más».

Porque un genio también es de carne y hueso. Ríe, llora, se emociona, se enfada y se cansa. Al fin y al cabo, es un ser humano como tú y como yo. Solo que pertenece a esa extraña clase de seres humanos que aparecen una vez cada siglo, dotados de una destreza que parece imposible.

Al mirar a mi sobrino, volví a verme a mí misma frente a aquel televisor de 1986.

Pero existe una diferencia: yo no pude ver a mi gran ídolo despedirse de la manera que habría deseado. Mi sobrino, en cambio, podrá ver a Messi retirarse entre honores, homenajes y millones de mensajes de agradecimiento.

No sé si existirán palabras suficientes para darle las gracias. Tampoco sabemos qué hará él cuando llegue el día en que no vuelva a disputar un partido más.

Lo que sí sabemos es que continuaremos hablando de Messi generación tras generación.

Porque los genios son inmortales. Son diferentes, únicos y, a veces, un poco locos. No llegaron al mundo para ser normales, sino para sobresalir entre los demás y transformar para siempre aquello que amaban.

Y me alegra profundamente haber coincidido en el tiempo con un genio como Lionel Messi.

Gracias por haber hecho feliz a mi sobrino, Lionel Andrés, ese niño que lleva tu nombre.

Gracias por hacernos creer, durante tantos años, que algunos seres humanos realmente no son de este planeta.

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