
«¿Te das cuenta, Benjamín? El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia… de novia, de religión, de Dios… pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín… no puede cambiar de pasión»
Pablo Sandoval se lo dice a Benjamín Espósito en El secreto de sus ojos, película argentina ganadora del Óscar a mejor película extranjera en 2010.
Yo me atrevería a agregar algo más:
«…y tampoco los colores no se cambian».
Esta frase siempre me recuerda a Eduardo Galeano y a esa manera tan suya de contar el fútbol en El fútbol a sol y sombra: como un juego que también es memoria, identidad y pertenencia.
Quienes, por algún motivo, hemos decidido cambiar de país no dejamos atrás solamente a la familia, los amigos o los placeres gastronómicos. También nos alejamos de aquellos colores a los que nos encariñamos desde pequeños; los colores de ese equipo al que alguna vez juramos seguir, en las buenas y, sobre todo, en las malas.
Porque seguir a un club se parece mucho a profesar una religión.
Tiene sus propios mandamientos: no vestir los colores del rival, conseguir la camiseta de la temporada, esperar con ilusión las nuevas incorporaciones, revisar una y otra vez la tabla de posiciones y escuchar durante horas programas deportivos en los que todos hablan, discuten y creen tener la razón.
Pero ¿qué sucede cuando estás en otro país?
Los horarios dejan de coincidir. Los partidos se juegan cuando aquí ya es de madrugada y el fútbol sudamericano parece vivir en otro reloj, a muchas horas de distancia de Europa. Las noticias llegan a través de las redes sociales, rápidas pero lejanas, y, sin darte cuenta, comienzas a separarte un poco de aquello que alguna vez prometiste seguir con devoción.
No porque hayas dejado de amar al equipo, sino porque la distancia también sabe jugar sus propios partidos.
Y entonces, quizá por esa ausencia de cariño futbolero, decides “adoptar” un club local. Buscas un estadio que te devuelva el ruido, los cánticos y esa sensación de hogar que quedó al otro lado del océano.
Yo siempre me he identificado con el azul. Es un color que llevo conmigo desde que mi papá me enseñó a querer al Emelec de Guayaquil. Hay amores que se eligen, pero también hay colores que se heredan y permanecen con el paso del tiempo.
Aquí, en Alemania, muchos equipos brillan en la Bundesliga y en la Champions League. Puedes admirarlos, conocer sus historias y celebrar sus triunfos, pero eso no significa que te sientas parte de ellos. A veces no encuentras comodidad. No te reconoces. No eres tú.
Hasta que, por algún capricho del destino, visitas un estadio por primera vez, escuchas a la hinchada y algo dentro de ti susurra:
«Aquí pertenezco».
Eso me ocurrió con el Schalke 04, el tradicional club de Gelsenkirchen. Y quiso el destino que su gran rival del Ruhr fuera el Borussia Dortmund, cuya camiseta amarilla lleva el mismo color del eterno rival de Emelec: Barcelona de Ecuador.
Demasiadas coincidencias para ignorarlas.
Luego están el azul de la camiseta, la pasión de la hinchada y el ambiente del Veltins-Arena, un estadio conocido por su impresionante acústica. Allí los cánticos bajan desde las gradas con tanta fuerza que atraviesan el cuerpo. Uno puede llegar como visitante, pero es difícil marcharse sin haber sido contagiado por aquella pasión.
Esto nos ocurre a muchos de quienes vivimos lejos de nuestra tierra. Extrañamos aquellos sábados o domingos de fútbol, el camino hacia el estadio, el encuentro con los amigos y las tertulias después del partido, cuando todavía quedaban goles por discutir y jugadas por repetir de memoria.
Un nuevo equipo no reemplaza al de toda la vida. Tampoco ocupa su lugar.
Pero abriga un pequeño espacio de la ausencia que dejamos en nuestra tierra natal.
Cambias de país. Cambias de casa. Cambias de amigos. Cambias de idioma. Cambias incluso la manera de mirar el mundo.
Pero siempre queda algo.
Una camiseta.
Un recuerdo.
Una promesa.
Un color.
Yo todavía tengo la ilusión de regresar al estadio Capwell y volver a ver a ese equipo de lindos colores llamado Emelec.
Y también me he encariñado con el Schalke 04, al que voy a ver cada vez que tengo la oportunidad.
Porque se puede vivir entre dos países y aprender a querer a dos equipos. El corazón tiene espacio para nuevos afectos, aunque jamás olvida el lugar donde aprendió a latir.
¿Y tú? ¿Qué equipo escogiste en tu nuevo país?
Te leo.

